domingo, 9 de marzo de 2008

Mi historia de amor VIII

8 Parte

Durante la inquisición quise morir, la represión era insoportable, pero sabía que era imposible, no podía realizar nada si la supervisión de un hombre, ahora lo necesitaba, pero no era capaz de encontrarle, no me imaginaba mi vida con otro hombre a mi lado, sabía que fui tonta al abandonarle… pero también sabía que estaba condenada a buscar su alma toda la eternidad.

Entonces escuché de un hombre, un pintor y escultor que hacía las más maravillosas obras cristianas que jamás nadie pudo imaginar, que plasmaba extrañas escenas, pero que la perfección, los trazos, las ideas eran imposibles de mejorar, me informe de su nombre, Da Vinci.

Lo busqué, por aquel entonces era un mecenas del rey, supe que era él solo con ver su Última Cena.

Nadie en el mundo que no hubiera vivido en la época de nuestro Señor hubiera sido capaz de plasmar así esa mirada, su mirada de perdón, de compasión…

Nadie, nadie excepto… era él… lo sabía, esta vez no lo dejaría escapar…

-Vaya me dijo al verme, - has tardado más de lo que imaginaba en topar conmigo.

Me lancé a sus pies como una chiquilla y le juré que jamás nadie nos separaría, nos fuimos de allí y vivimos en paz, durante años en los que el mundo comenzaba a cambiar a pasos agigantados…

Ese día que apareció con aquel coche negro… dispuesto a llevarme “a toda velocidad” a cualquier lugar que yo deseara.

Y aquel crack del 29 donde observamos como nuestros ahorros invertidos desaparecían, aunque ello no significaba una gran perdida, pues durante aquellos siglos habíamos almacenado suficiente dinero para vivir toda la eternidad.

Me asustaban las guerras en que con extraños aparatos voladores arrasaban países enteros.

Le pedí refugiarnos de todo, quería vivir en algún lugar donde no hubiera televisores que nos acercaran a las noticias de política.

Vivíamos llenos de comodidades y lujos, apartados de todo.

Éramos tan jóvenes como cuando nos miramos a los ojos por primera vez, salvo que nuestra piel se había aclarado, no mucho, pero era evidente que el sol ya no nos oscurecía la piel.

Ismael, pasaba largas horas encerrado, rodeado de libros y lienzos que pintar, hasta que una noche desperté y fui a buscarle, quería pedirle que fuéramos a alguna isla abandonada de vacaciones, sería nuestro regalo de… ¿Aniversario? Que más daba. Entré sigilosa, pero algo fallaba, no capté ningún sonido, ningún sentimiento, ninguna sensación, sabía que estaba allí, pero ¡No mostraba signos vitales!

Corrí hacia él, no lo podía creer, no podía estar muerto, no podía…

Y no lo estaba, pero estaba dormido… solo que en un sueño tan profundo que no podía despertar.

En vano lo intenté, pero había caído en una especie de coma.

Desde entonces lo mantengo en su lecho con dosel, en sus aposentos tan bien cuidados por mi misma que nadie diría que allí yace alguien dormido, más bien creerían que mantengo a algún dios en custodia.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Wenas!! ^^
Espero impaciente la 9ª parte ^^

Saludos!!